El rojo brillante sagrado del torii (puerta tradicional del santuario sintoísta Shinto en Japón) frente al salón principal brilla bajo el sol, como si el santuario no estuviera quieto sino que se estuviera iluminando desde el interior. Esas manchas rojas aparecen por todas partes, en columnas de madera, aleros, lámparas de piedra, pasillos y como si estuvieran en la vista de los visitantes que entran por primera vez en el antiguo mundo sintoísta de Japón.

Los japoneses creen que el dios Inari es el dios de la cosecha, los negocios y la prosperidad. Por lo tanto, el símbolo del templo son los zorros de piedra, los enviados de los dioses, que a menudo sostienen en sus bocas las llaves del almacén de arroz o rollos de papel. En medio del rojo brillante de la arquitectura, las estatuas de zorros negros brillantes tienen un aspecto a la vez sagrado y misterioso, como si estuvieran observando en silencio el flujo de personas que pasan durante cientos de años.

Pero lo que hace que Fushimi Inari sea un símbolo de Kioto está detrás del santuario principal: "Senbon Torii", el túnel formado por miles de puertas torii que se suceden hasta la montaña. Caminar bajo esas puertas da la sensación de entrar en una corriente de tiempo. La luz se comprime en pequeñas manchas. El viento de la montaña pasa a través del hueco entre las columnas rojas. La voz humana se diluye gradualmente, quedando solo el sonido de los zapatos tocando el suelo y el sonido de las cámaras pulsando suavemente.

Cada torii es donado por un individuo o empresa para la buena suerte y la prosperidad. El nombre del donante está escrito en tinta negra a lo largo del cuerpo de la columna. Miles de nombres se alinean en una especie de "historia de madera", donde la fe humana se construye en una arquitectura.

Quizás por eso Fushimi Inari no es solo un destino turístico. Es como un paseo a través de la conciencia japonesa: respeto por la naturaleza, creencia en la conexión entre los humanos y los dioses, y paciencia para preservar la belleza a través de los siglos.

Cuanto más alto se sube, más dispersas se vuelven las multitudes. Los tramos de torii comienzan a envejecer, la pintura roja se desprende ligeramente dejando rastros del tiempo. Algunas puertas están siendo pintadas a mano por artesanos. En medio del famoso bosque de columnas rojas del mundo, ese momento hace que el templo sea más cercano: El patrimonio no es algo inmóvil para contemplar, sino algo que siempre necesita que la gente siga preservando.




Mirando hacia abajo desde la ladera de la montaña, Kioto aparece distante y brumoso en la niebla de la tarde. La antigua ciudad de Japón todavía se mueve afuera con tranvías, farolas y un flujo interminable de turistas. Pero dentro de esos túneles rojos torii, el tiempo parece fluir de otra manera, más lento, más profundo y más tranquilo. Quizás por eso la gente recuerda Fushimi Inari no solo con imágenes. La gente lo recuerda con la sensación de haber pasado paso a paso por un lugar donde la creencia, la historia y la belleza visual se fusionan.
