Una vez conoció a una mujer que acababa de completar los trámites de divorcio después de más de diez años de convivencia. Ella contó que lo que más la arrepentía no era el divorcio, sino la sensación de que ya no la reconocía. Cuando era joven, le gustaba leer libros, le gustaba "viajar", le gustaba sentarse durante horas en una cafetería, a menudo solo para contemplar la vida que tenía por delante o solo para escribir algunas líneas casuales. Luego, para seguir el ritmo de la vida familiar, ella dejó todo de lado uno por uno. Cuando terminó el matrimonio, miró a su alrededor y descubrió que el hombre se había ido y que la mujer de antaño también había desaparecido sin saber cuándo.
Esa historia no es rara. Algunas personas, por mantener su trabajo, no se atreven a decir lo que piensan durante muchos años. Algunas personas, por querer ser amadas, siempre asienten incluso cuando su corazón quiere rechazar. Algunas personas viven según las expectativas de sus padres, de su pareja, de la sociedad durante tanto tiempo que olvidan lo que realmente quieren. Al principio son solo pequeñas concesiones. Pero esas pequeñas cosas se acumulan día a día como una capa de polvo que cubre el espejo. Cuando miramos hacia atrás, ya no vemos claramente nuestro propio rostro.
La gente suele tener mucho miedo de perder muchas cosas: oportunidades, amantes, puestos de trabajo. Así que a menudo las agarramos con fuerza. Pero la vida tiene una regla extraña: cuanto más intentas mantenerlas a toda costa, más fácil es que pierdas las cosas más importantes. Como agarrar arena en la palma de la mano, cuanto más aprietes, más arena pasa entre los dedos. Hay muchas cosas en el mundo que no nos pertenecen. Hay personas que solo nos acompañan un tramo de camino, hay sentimientos que, por sinceros que sean, no pueden convertirse en destino.
Pero la gente a menudo confunde el amor y la posesión. Pensamos que sacrificar un poco más hará que esa persona se quede. Ser paciente un poco más hará que todo sea mejor. Cambiar un poco más hará que llegue la felicidad. Olvidamos que lo que realmente nos pertenece no necesita ser comprado con la desaparición de nosotros mismos. Hay una pregunta que muy pocas personas se atreven a hacerse: Si un día lo que intentamos mantener finalmente se va, ¿dónde encontrarán las partes de nosotros mismos que perdimos en ese viaje?
La gente suele llorar cuando otros te abandonan. Pero quizás lo más desgarrador es el momento de darse cuenta de que te habías abandonado mucho antes. Al final, la lección más difícil de la madurez quizás no sea aprender a aferrarse a todo. Sino aprender a aferrarse a uno mismo, incluso cuando algunas de las cosas que más amamos tienen que irse.