No pocos padres han exclamado la frase familiar: "¿Por qué eres tan terco?", "¿Por qué no sabes escuchar?", "Tienes que ser obediente?". Pero hay una verdad que muchos padres dudan en afrontar: los niños no aprenden la obediencia de las enseñanzas, sino que aprenden de la forma en que los padres se comportan cada día.
Un niño no se enfada de forma natural. Un niño tampoco habla de forma natural o reacciona negativamente. La mayor parte del comportamiento de su hijo es el resultado del entorno de vida y la forma en que los adultos reaccionan a su hijo.
Lo que veas, lo harás.
Cuando los padres regañan, golpean la mesa, alzan la voz o pierden el control, los niños reconocerán que es "cómo manejar el problema". Aunque los padres les enseñen a sus hijos a ser amables, a mantener la calma, los niños seguirán aprendiendo de acuerdo con el comportamiento real que presencian a diario.
Los niños no son buenos escuchando. Pero son extremadamente buenos observando.
Muchos padres convierten involuntariamente la casa en un lugar lleno de presión. Incluso un pequeño recordatorio es respondido con irritabilidad. Incluso un pequeño error es regañado duramente. Poco a poco, los niños forman una mentalidad defensiva, opuesta o imitan exactamente ese tipo de temperamento.
Cuanto más enojados estén los padres, más difícil será que los niños sean obedientes.
Lo más peligroso de la ira no es el grito. Sino la sensación de inquietud en el corazón del niño. Cuando el niño tiene miedo de ser regañado, ya no querrá compartir. El niño elige guardar silencio, mentir o hacer todo en secreto para evitar ser castigado.
Esa es la razón por la que cuanto más regañan los padres, más terco se vuelve el niño. Cuanto más lo presionan, más se resisten.
Los niños no son más obedientes después de las palizas o los gritos. Los niños solo aprenden a ocultar sus emociones y a vivir en estrés.
Para que los niños sean buenos, los padres deben aprender a controlar sus emociones primero.
Los padres no necesitan ser perfectos. Pero los padres necesitan estar lo suficientemente sobrios como para darse cuenta: si quieren que sus hijos se abstengan, ellos mismos también deben saber cuándo detenerse.
Cuando estés enojado, intenta guardar silencio durante unos segundos, respira hondo, sal de la habitación si es necesario. Solo un minuto de calma puede evitar cientos de frases hirientes.
Más importante aún, los padres deben aprender a disculparse con sus hijos cuando se equivocan. Una frase "Mamá lo siente por estar demasiado caliente" no debilita a los padres, sino que hace que sus hijos aprendan valiosas lecciones sobre responsabilidad y amabilidad.
Los niños son buenos no por miedo, sino porque se les enseña con amor.
Un buen niño es realmente un niño que sabe adaptarse, sabe escuchar y respetar. Eso no proviene de regañar. Viene de un ambiente pacífico, donde el niño es guiado por la paciencia.
Los padres quieren que sus hijos sean buenos, primero se conviertan en adultos a los que quieren aprender.
Porque no se puede enseñar a los niños a controlar sus emociones con su propia pérdida de control.