La pérdida de memoria para los ancianos no es repentina sino gradualmente poco a poco. Al principio, mamá olvidó dónde poner las gafas, olvidó si ya había comido. Luego, un día, mamá preguntó: "¿En qué grado estás?" mientras tú llevas muchos años trabajando. Sonríes, respondes suavemente. Pero cuando te das la vuelta, tus ojos se llenan de lágrimas.
La gente lo llama Alzheimer. Para ti, es un viaje en el tiempo. Ves a tu madre como si volviera a ser una niña cada día. Mamá necesita que te recuerden que tomes medicamentos, necesita a alguien que te lleve, necesita a alguien que escuche pacientemente una historia repetida hasta la vejez.
Un día te enfadas. Mamá hace la misma pregunta por décima vez. Te enfadas. Mamá guarda silencio, mira por la ventana, sus ojos están a la vez desconcertados y atónitos como si acabaras de perder algo importante. Esa noche, te sientas sola durante mucho tiempo. Sabes que mamá no lo hizo a propósito y también sabes que estás presenciando el crepúsculo de la vida de mamá.
Cuidar a los padres ancianos no solo requiere momentos hermosos, sino que también requiere paciencia al enfrentarse a momentos pesados en casa, en el hospital, noches de sueño intermitente, despertarse sobresaltado en medio de la noche... A veces, deseas irte a algún lugar por unos días. Luego tienes miedo. Miedo de que un día regreses y tu madre ya no te reconozca. O ya no.
La verdad es que habrá un momento en que ya no tengas la oportunidad de cuidar de tus padres. El tiempo no espera a que nadie esté listo. Un día, la silla familiar en la sala de estar se vacía. En ese momento, no recuerdas las veces que te molestaron. Recuerdas las manos temblorosas doblando la camisa, recuerdas la llamada confusa pero llena de amor.
Mamá no quiere eso. Nadie quiere olvidar a su hijo, nadie quiere convertirse en una carga. Una vez mamá dijo muy suavemente: "Si tan pronto hubiera ido para no molestar a mi hijo". Eso no es rendirse, sino el dolor de verte cansado aunque intentes ocultarlo.
Lo más difícil quizás no sea cuidar, sino aceptar. Aceptar a uno mismo hará que uno se debilite en algún momento. Aceptar que mamá está pasando por una pendiente por la que no puede dar la vuelta.
Pero en medio de ese cansancio todavía hay momentos muy pequeños: Una vez que mamá te llamó por tu nombre, un apretón de manos fuerte, una mirada brillante llena de amor hacia ti. Esas cosas recuerdan que los recuerdos pueden caer, pero el amor no desaparece por completo.
Entonces, un día, cuando la casa está vacía, entiendes que cuidar a alguien en el final de su vida, aunque sea pesado y con muchas lágrimas, sigue siendo un privilegio. Porque no todo el mundo tiene la oportunidad de hacerlo de nuevo. Mi hermano menor dijo que los dos años que cuidó a su madre en el final de su vida fueron los momentos más pacíficos que más tarde no podría volver a tener.