Pero hay una línea muy delgada entre la empatía y vivir en lugar de las emociones de los demás. Muchas personas cruzan esa línea sin darse cuenta.
Hay una chica que trabaja en la industria de los medios, que ama a un hombre muy talentoso y ambicioso. Él siempre está ocupado, siempre tiene grandes planes. Inicialmente, ella lo admiraba. Más tarde, comenzó a ajustar toda su vida para adaptarse al ritmo de vida de él. Le gustaba que fuera más gentil, que dijera menos de lo que pensaba. No le gustaba que ella fuera a tomarse fotos los fines de semana porque pensaba que era un pasatiempo superficial, ella gradualmente abandonó los viajes que antes estaba ansiosa por hacer. Él quería concentrarse en su carrera, por lo que a menudo cancelaba citas, ella se decía a sí misma que debía ser comprensiva. Año tras año, siempre se preguntaba: "¿Está feliz?", "¿Está satisfecho?", "¿Necesita algo de mí?".
Hasta que un día, un amigo preguntó: "¿Y tú? ¿Qué quieres?" Ella guardó silencio durante mucho tiempo. Realmente no sabía la respuesta.
Esa es quizás la mayor tragedia de muchas relaciones cuando alguien pierde la capacidad de reconocer su propia voz.
Pero lo irónico es que cuando constantemente olvidas tus propias emociones, la primera persona que se siente herida eres tú. Y luego la propia relación también se vuelve gradualmente sofocante. Crecer en el amor no se mide por cuántos tormentas puedes soportar, sino por dónde sabes dónde está el límite de la tolerancia y cuándo es el momento de alzar la voz.
Si un día te das cuenta de que conoces de memoria todas las emociones de los demás pero no puedes nombrar tus propias emociones, entonces es una gran pérdida en el camino del amor.