La gente suele decir que lo ha olvidado. Olvidó a una persona, una ciudad, un verano. Pero los recuerdos no son letras escritas con tiza en la pizarra, solo se necesita un limpiador para desaparecer. Hay cosas que ya no mencionamos, no porque hayamos olvidado, sino porque hemos aprendido a pasar por ellas y nuestro corazón ya no se agita.
Cuando éramos jóvenes, a menudo pensamos que la curación significaría un día en el que ya no recordaríamos por completo. Ya no había tristeza ni arrepentimiento. Más tarde entendimos que la curación no es olvidar. Es cuando recordamos, el corazón ya no duele. Es cuando podemos contar un evento con un tono tranquilo. Es cuando mencionamos el nombre de una persona que se ha ido y aún podemos sonreír. No porque esa persona ya no sea importante, sino porque la hemos colocado en otro lugar dentro de nosotros, donde la memoria ya no es una herida, solo una parte de la vida.
Hay heridas como los huesos que se rompieron cuando el clima cambiaba, todavía latentes, pero ya no nos impiden seguir adelante. Quizás la madurez no es pasar por la vida sin daño, sino saber vivir con cosas que no se pueden cambiar. Hay encuentros que solo suceden una vez. Hay personas que solo nos acompañan un tramo de camino y luego giran en otra dirección. Y hay cosas, no importa a dónde quieras ir, no puedes volver atrás.
Si seguimos intentando olvidar, nos cansaremos. Si seguimos aferrándonos, nos dolerá. Al final, tal vez lo único que podemos hacer es aprender a dejar caer lo que ha pasado suavemente. Como mirar una vieja foto. En la foto todavía estamos nosotros mismos de los veinte años, todavía esa mirada, esa sonrisa, personas que alguna vez estuvieron muy cerca. Solo la persona que sostiene la foto ya es diferente.
Quizás esa sea la cosa más milagrosa del tiempo, no hacernos olvidar, sino hacernos lo suficientemente lejos como para poder mirar hacia atrás a las cosas que nos hicieron llorar sin querer culpar a nadie. Un día, pasamos por la vieja calle, escuchamos una vieja canción, o de repente vemos una figura familiar entre la multitud. El corazón todavía late suavemente, pero ya no nos apresuramos a dar la vuelta. Tampoco preguntamos por qué. Solo nos quedamos ahí un rato, y luego seguimos caminando.
Tal vez, olvidar nunca es borrar a una persona de la memoria. Olvidar es cuando esa persona todavía está allí, pero ya no tiene derecho a hacernos daño. Y tal vez, al final, lo que aprendemos no es olvidar a una persona, sino aprender a recordarla y seguir viviendo nuestra propia vida.