Si el período 2020-2025 está asociado con la revolución de la inteligencia artificial (IA), entonces a partir de 2026, el mundo pasa a un punto de inflexión mayor: la explotación y el control del espacio orbital bajo.
La era dorada de la economía espacial está marcada por la información de que SpaceX se prepara para emitir acciones por primera vez al público en junio, con una valoración prevista de 1,5 billones de dólares y un capital movilizado de hasta 50 mil millones de dólares, posiblemente el mayor acuerdo de la historia.
Más allá de la historia del mercado, la combinación de SpaceX y la startup de IA xAI está formando un nuevo ecosistema, donde la órbita, los datos y la IA se unen.
La carrera espacial, por lo tanto, ya no es puramente competencia económica, sino que se convierte en un juego de dos bandas: la innovación privada va de la mano con la estrategia militar nacional.
En el siglo XX, la carrera espacial fue una confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, simbólica y financiada con fondos públicos.
Hoy en día, el papel principal pertenece a las empresas privadas. El poder ya no se mide por quién puso un pie en la luna primero, sino por quién controla los datos, las conexiones e información de inteligencia en la órbita terrestre de baja altitud. Esta es la era del "biusosidad", cuando los satélites comerciales son también infraestructura militar, según SCMP.
Empresas como BlackSky o Planet Labs (EE. UU.), que proporcionan datos geoespaciales para seguros, agricultura y logística, ahora se han expandido a inteligencia, vigilancia y reconocimiento para el gobierno.
BlackSky, desde 2022, proporciona imágenes en tiempo real y análisis de IA para operaciones en Ucrania.
Starlink de SpaceX también se convirtió rápidamente en la columna vertebral de las comunicaciones militares ucranianas, desde la coordinación de unidades, el control de UAV hasta el mantenimiento del mando y control antes de la guerra electrónica.
El gobierno de Estados Unidos no solo compra, sino que también integra profundamente a las empresas privadas, incluso aquellas de origen no estadounidense, en la arquitectura de seguridad nacional.
Rocket Lab es un ejemplo típico; de una startup neozelandesa, la empresa trasladó su sede a Estados Unidos, atrajo capital de BlackRock, Vanguard y se convirtió en un contratista militar clave.
A finales de 2025, Rocket Lab ganó un contrato de 816 millones de dólares para construir 18 satélites de seguimiento de misiles para la Agencia de Desarrollo Espacial de Estados Unidos, llevando a la empresa a la misma posición estratégica que los "gigantes" de defensa tradicionales.
La rápida fusión de la estrategia occidental de "espacio aliado" ejerce una gran presión sobre China. Beijing está acelerando el despliegue de constelaciones de satélites como el G60 Starlink o Guowang según un modelo de combinación militar-civil.
Sin embargo, el sector privado estadounidense tiene una tasa de innovación más alta, lo que hace que la brecha se amplíe cada vez más. Para competir eficazmente, China podría tener que otorgar más autonomía al sector del espacio comercial privado, en lugar de depender de las grandes corporaciones estatales.
Al entrar en 2026, la economía espacial revela claramente su naturaleza como una carrera militar de alta intensidad. Los conflictos futuros no solo dependen de las armas tradicionales, sino también de la capacidad de controlar la órbita terrestre de baja altitud.
En esta era espacial de billones de dólares, la línea entre el símbolo comercial y los activos militares casi ha desaparecido.