El comportamiento del vecino le hace pensar constantemente en una paradoja. Los pobres, a veces, son los más derrochadores. No porque tengan mucho que gastar, sino porque pierden el valor de las cosas que poseen. Ese despilfarro se infiltra en cada hábito, como quitarse la camisa que todavía se puede usar porque es "vieja", comprar artículos baratos que se estropean rápidamente en lugar de repararlos, o gastar dinero en cosas temporales para compensar la sensación de privación. Visto por fuera, es una elección económica, pero más profundamente, es una compleja estructura psicológica.
Desde la perspectiva del psicólogo Carl Jung, los humanos siempre llevan en sí mismos "oscuridades" (The Shadow), partes rechazadas o reprimidas. Para los pobres, esas "oscuridades" suelen ser una sensación de falta de valor, falta de control y miedo a ser menospreciados. Cuando no pueden controlar las grandes circunstancias del destino, buscan formas de controlar cosas pequeñas como tirar, comprar nuevas, gastar, como una forma de afirmar su derecho a elegir.
Una vez conoció a un conductor de tecnología, con ingresos inestables, pero cada medio año cambiaba un teléfono viejo por uno más nuevo. No es porque el dispositivo se averió, sino que dijo que al sostener un teléfono viejo, los clientes se sentían aburridos al verlo. Aquí, el consumo ya no es una necesidad material, sino una forma de defensa psicológica. Jung lo llama "compensación": Cuando el ego se siente carente en el interior, buscará llenarlo con símbolos llamativos en el exterior para tranquilizarse.
Más profundamente, el despilfarro a veces es una forma inconsciente de autodisciplina. Cuando alguien cree que no merece cosas buenas a largo plazo, no las guardará, no las acumulará. Desecharán no solo cosas, sino también oportunidades de cambio. Jung dijo una vez: "Lo que no percibimos controlará nuestra vida como un destino". Y ese destino a veces tiene la forma de un juego de sofás que se tira demasiado pronto.
Por supuesto, la pobreza hace que las opciones sean limitadas. Pero en esa misma limitación, la forma en que las personas tratan las cosas refleja con precisión la forma en que se tratan a sí mismas. Guardar algo que todavía se puede usar no es solo ahorrar, sino un acto de respeto. Quizás, el gran cambio no comienza con cuánto dinero más ganar, sino con mirar hacia atrás: Estamos abandonando inconscientemente lo que solo pensamos que ya no es lo suficientemente bueno, al igual que a veces tratamos nuestra propia vida.