El enfermero acababa de tomar sangre para la anciana de 90 años que yacía exhausta en la cama del hospital, mientras contaba la historia de la joven enfermera que había sido regañada duramente por la familia del paciente el día anterior. La historia es que un joven llevó al anciano al hospital en estado de insuficiencia respiratoria grave, tuvo que usar un respirador y esperar los análisis de sangre. En medio de la línea de vida y muerte, cada minuto de espera con sus seres queridos es como un siglo. Después de dos horas, al ver al anciano todavía acostado solo en la esquina de la sala de emergencias, el joven preguntó ansiosamente los resultados una y otra vez. Pero la respuesta urgente fue un silencio absoluto, hasta la tercera vez, gritó que tenía un derrame cerebral oral.
Esa frase grosera silenció a toda la sala. La gente culpó en secreto al joven impetuoso, pero la causa del calor fue la actitud de la enfermera, un silencio que hizo que la persona de enfrente sintiera que estaba dialogando con una puerta de hierro cerrada. En el hospital, a veces el cansancio se cambia por frialdad. Esto puede ser comprensible cuando un médico acaba de salir del quirófano después de 6 horas de tensar los ojos bajo las luces, con las manos exhaustas como si acabara de terminar un maratón mental. Pero justo detrás de esa puerta, están las personas que han estado paradas toda la mañana, con los ojos pegados a la pequeña ventana de vidrio en la puerta de la habitación del hospital, con las manos apretando el borde de la camisa por el mayor miedo de la vida, el miedo a perder a sus seres queridos.
La verdad es que ambas partes están exhaustas. Una cansada por la terrible presión profesional, la otra cansada por la ansiedad extrema. Cuando la gente llega al límite de la resistencia, el ego personal se levanta fácilmente y olvidan mantener la cultura del comportamiento. Sin embargo, la cultura hospitalaria no reside en los letreros de reglas brillantes colgados en la pared, sino en la propia empatía entre los que sufren.
Eso puede ser solo cuando el médico, aunque esté ocupado, se queda 30 segundos para explicar brevemente que la familia debe estar tranquila porque estamos haciendo todo lo posible. O es cuando los familiares del paciente saben cómo reprimir su impaciencia, entienden que gritar no hace que los médicos sean mejores, sino que solo les pone más presión en las manos. Una explicación, un poco de paciencia o una mirada comprensiva tiene más valor para aliviar que cualquier analgésico caro.