Una serie de incidentes han provocado que muchas personas sean hospitalizadas, desde estudiantes, trabajadores hasta residentes de zonas residenciales. Desde cocinas escolares, comedores colectivos, puestos de comida callejeros hasta pequeñas instalaciones de procesamiento, el riesgo de inseguridad alimentaria es omnipresente.
Estos ya no son incidentes individuales, y mucho menos pueden considerarse riesgos inusuales. Los alimentos sucios se están convirtiendo en una amenaza directa para la salud pública, al tiempo que exponen las lagunas prolongadas en la gestión, inspección y supervisión.
Lo preocupante es que los alimentos sucios ya no aparecen a pequeña escala, espontáneamente, sino que se han infiltrado en el mercado de manera pública y organizada, incluso a través de líneas y cadenas de suministro cerradas. Desde el caso de cientos de toneladas de carne de cerdo enferma que fueron introducidas de contrabando en el mercado, incluso entrando en las escuelas, hasta los casos de intoxicación por pan que causaron decenas de hospitalizaciones en muchas localidades, todo muestra una realidad: hay personas dispuestas a poner los beneficios por encima de la vida de sus compatriotas.
En no pocos casos, el lugar donde se invade es la escuela, el lugar que debería estar más estrictamente protegido. Las comidas de internado, las comidas escolares que eran el apoyo de la confianza de los padres, ahora pueden convertirse en una fuente de enfermedades. Cuando los alimentos sucios entran por la puerta de la escuela, la historia no solo se detiene en la falta de rectitud del proveedor, sino que también plantea grandes interrogantes sobre la responsabilidad de la gestión, el control y la ética del servicio público de las personas involucradas.
La realidad de muchos años ha demostrado que, después de cada caso de intoxicación alimentaria, el guion familiar se repite: Inspección, sanción, aprender de la experiencia. Pero luego, las violaciones aún se repiten, incluso más graves. Esto demuestra que, si solo se detienen en los períodos pico, las campañas a corto plazo o el manejo por caso, no se puede erradicar este problema de raíz.
Los alimentos sucios persisten debido a las enormes ganancias, mientras que las sanciones en muchos lugares aún no son lo suficientemente disuasorias. Hay bases para ser multados y luego continuar violando. Hay puntos de negocio que fueron cerrados el día anterior y se reabrieron al día siguiente bajo otro nombre. Cuando el costo del acto de envenenar a la comunidad es incluso menor que las ganancias obtenidas, las violaciones son muy fáciles de repetir.
La propuesta del Gobierno de lanzar una campaña de persecución drástica, sin concesiones, sin zonas prohibidas contra las infracciones de seguridad alimentaria es completamente oportuna, enfocada y muy necesaria. Pero lo que la gente espera no es solo un mensaje duro, sino movimientos sustanciales, enérgicos y persistentes del sistema de gestión.
Junto con eso, es necesario reforzar el post-control, rastrear el origen hasta el final, hacer públicos los establecimientos infractores, prohibir la práctica profesional a los infractores reincidentes, sancionar severamente a los funcionarios que relajen la gestión o ayuden a cometer errores. No se puede permitir que los empresarios honestos compitan con los vendedores de productos tóxicos.