El 2 de febrero, funcionarios japoneses anunciaron un avance en la tecnología de minería oceánica cuando el buque de perforación científica Chikyu completó su misión en las profundidades del Océano Pacífico.
El portavoz del gobierno, Kei Sato, dijo que las muestras de sedimentos que contenían tierras raras fueron tomadas desde una profundidad de 6.000 m, una profundidad nunca conquistada en los esfuerzos de explotación comercial anteriores.
Esta misión se lleva a cabo en el área alrededor de la isla Minami Torishima, una isla remota ubicada en la zona económica exclusiva de Japón. Según el Sr. Sato, las muestras están siendo llevadas al laboratorio para un análisis de contenido preciso. Enfatizó que este es un "logro significativo tanto en seguridad económica como en desarrollo marítimo integral".
Según estimaciones del periódico Nikkei, el área del fondo marino alrededor de Minami Torishima está ocultando un enorme tesoro con más de 14,5 millones de toneladas de tierras raras. Se cree que esta reserva es la tercera más grande del mundo, capaz de suministrar yttrium (utilizado en láseres) para todo el mundo durante 780 años y dysprosium (utilizado para imanes de vehículos eléctricos) durante 730 años.
Los expertos creen que la autosuficiencia en el suministro es una cuestión de vida o muerte para Japón. Takahiro Kamisuna, investigador del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), comentó: "Si Japón explota con éxito tierras raras alrededor de Minami Torishima, asegurará una cadena de suministro nacional para las industrias clave y reducirá significativamente la dependencia de China".
Sin embargo, esta ambición también enfrenta desafíos ambientales. Los activistas advierten que la pesca en alta mar destruirá los ecosistemas de fondo marino. Este tema se está convirtiendo en un punto caliente de debate internacional, especialmente cuando el presidente estadounidense Donald Trump está impulsando la rápida concesión de licencias para esta actividad en aguas internacionales.
A diferencia de las disputas en aguas internacionales gestionadas por la Agencia Internacional de los Fondos Marinos (ISA), la ventaja de Japón es que esta misión se lleva a cabo completamente dentro de las aguas territoriales bajo su soberanía, lo que ayuda a Tokio a ser más proactivo en el despliegue legal y técnico.