Tanto el pollo como la pato son fuentes de proteínas, grasas, vitaminas y minerales. En cuanto al valor nutricional, cada tipo tiene sus propias ventajas y la elección depende de las necesidades, el gusto y el método de preparación.
El pollo, especialmente la pechuga sin piel, suele tener un alto contenido de proteínas y menos grasa. Esta es una opción adecuada para las personas que quieren controlar las calorías o limitar las grasas en su dieta. Mientras tanto, la carne de pato suele ser más grasa y sabrosa, especialmente cuando se come con piel. Sin embargo, la carne de pato también proporciona mucha proteína, hierro y algunas vitaminas y minerales esenciales para el cuerpo.
Cabe destacar que la cantidad de grasa y calorías de ambos tipos de carne depende en gran medida de la carne y el método de cocción. Por ejemplo, el pollo o el pato sin piel, cocido al vapor, al vapor o a la parrilla con poco aceite será una opción más ligera en comparación con los platos fritos, asados o estornidos con mucha grasa.
Para las personas con sistemas digestivos sensibles, la elección entre pollo o pato también debe basarse en la tolerancia de cada persona. El pato suele ser más graso, por lo que puede causar sensación de hinchazón si se come demasiado, mientras que el pollo magro suele ser más fácil de controlar la porción.
No hay evidencia que demuestre que las personas con cáncer o presión arterial alta deban abstenerse por completo de la carne de pollo. Las personas que están siendo tratadas deben desarrollar una dieta adecuada a su estado de salud y las instrucciones de un médico o nutricionista.
En general, no hay necesidad de preocuparse demasiado por si la carne de pollo o de pato es mejor. Lo importante es elegir la carne adecuada, comerla en cantidades moderadas, limitar la piel y la grasa, y priorizar los métodos de procesamiento bajos en grasa. Una dieta diversa y equilibrada entre carne, pescado, huevos, verduras y otros alimentos será más beneficiosa que centrarse solo en un tipo de alimento.