Ajustar el momento de la cena al ritmo biológico natural del cuerpo puede aportar muchos beneficios evidentes para la salud. Se debe terminar la cena al menos 2 o 3 horas antes de acostarse para que el sistema digestivo tenga tiempo suficiente para procesar los alimentos, ayudando al cuerpo a descansar mejor.
Cenar temprano ayuda a reducir el riesgo de acidosis retrógrada y acidez estomacal. Cuando el cuerpo está en posición vertical, la gravedad retene el ácido en el estómago.
Por el contrario, acostarse inmediatamente después de comer hace que el ácido y la comida sean propensos a refluir hacia el esófago, causando molestias y aumentando el riesgo de enfermedad de reflujo gastroesofágico (ERGE). El período de descanso antes de dormir permite que el estómago se hueca, lo que limita el reflujo nocturno y mejora la calidad del sueño.
No solo eso, digerir una comida suntuosa cerca de la hora de acostarse también hace que el cuerpo aumente de temperatura debido al proceso de generación de calor, mientras que un sueño profundo requiere que la temperatura corporal baje. La fluctuación del azúcar en sangre después de comer también puede interrumpir el sueño. Por lo tanto, cenar temprano ayuda a que el sueño sea estable y más profundo.
Además, este hábito también es compatible con el ritmo circadiano, lo que ayuda a regular las hormonas, el metabolismo y el ciclo sueño-vigilia. Durante el día, el cuerpo está listo para la digestión, pero por la noche, el proceso metabólico se ralentiza. Comer temprano ayuda al sistema digestivo a funcionar al ritmo correcto, evitando ejercer presión sobre el cuerpo cuando ha entrado en un estado de descanso.