El 16 de marzo, el primer ministro británico, Keir Starmer, emitió un mensaje duro, afirmando que Gran Bretaña no se vería arrastrada a un conflicto creciente en Oriente Medio. Enfatizó que la protección de los intereses nacionales debe basarse en una evaluación tranquila y realista, en lugar de seguir ciegamente los contradictorios cálculos militares de Estados Unidos.
Alemania e Italia también se negaron rotundamente a desplegar fuerzas navales. El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, afirmó que su país no tiene la responsabilidad de intervenir en un conflicto que no inicia.
Del mismo modo, el ministro de Relaciones Exteriores italiano, Antonio Tajani, enfatizó que la diplomacia debe prevalecer y que Roma no tiene intención de ampliar ninguna misión naval en la región en este momento delicado.
En respuesta a este rechazo generalizado, Trump criticó públicamente a Gran Bretaña como un "aliado decepcionante". El presidente estadounidense recordó las contribuciones de Estados Unidos a la OTAN y Ucrania para presionar, incluso amenazar con un "futuro muy malo" para la alianza militar más grande del mundo si los miembros no apoyan a Estados Unidos para despejar el Estrecho de Ormuz.

Esta ruptura muestra que las potencias europeas están descubriendo frenéticamente salidas diplomáticas para reducir los precios del petróleo y proteger la economía nacional, en lugar de elegir la solución de la fuerza como están promoviendo Estados Unidos e Israel.
En Londres, el gobierno de Starmer se enfrenta a una doble presión: por un lado, exigencias estrictas de los aliados estadounidenses, y por otro lado, preocupaciones de los votantes sobre los costes de vida.
El hecho de que el precio del petróleo superara los 100 dólares por barril después de que Irán bloqueara el estrecho ha obligado a Gran Bretaña a buscar soluciones técnicas alternativas, como desplegar drones de caza de minas para detectar peligros de minas marinas en lugar de enviar grandes buques de guerra al "caldero" del Golfo. Esto se considera un paso táctico para mantener la cara de las relaciones bilaterales pero aún así asegurar que no se atasquen en el conflicto.
La relación entre Trump y sus aliados europeos, que ya se había tambaleado antes, ahora se ha vuelto aún peor cuando Washington carece de una hoja de ruta clara para poner fin al conflicto. Los funcionarios de la UE temen que la campaña militar estadounidense pueda convertirse en una crisis total, beneficiando a los competidores en el mercado energético.
En los próximos días, la comunidad internacional seguirá vigilando de cerca si los aliados pueden encontrar un terreno común o si esta ruptura conducirá a una reestructuración completa del orden de seguridad occidental.